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El último refugio virgen de los guardianes de la selva
FOTO Sentido de pertenencia. Los más jóvenes aprenden cómo hacer las artesanías. Foto: Marcos Otaño
FOTO Salud. Piden complementar los métodos tradicionales con los modernos. Foto: Marcos Otaño
FOTO Hábito. Respetar la cosmovisión guaraní. Foto: Marcos Otaño
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27 de Noviembre de 2011   América Latina

En Misiones viven unos 6.000 guaraníes mbya en alrededor de 90 comunidades. Una minoría, aquellos que buscan preservar hábitos, costumbres y creencias, encuentran refugio internándose cada vez más en las profundidades de la selva. Son los más sanos y conservan el sentido de comunidad, en contraposición a las individualidades cargadas de vicios, observadas entre quienes están más vinculados con zonas urbanizadas.
Para este informe, El Territorio localizó a las comunidades menos contaminadas por las costumbres occidentales y descubrió el trabajo silencioso de organizaciones e instituciones que están tras los pasos de conservación de la costumbre guaraní. Una de las incursiones guió al equipo por el Departamento Montecarlo. Luego de dejar la ruta nacional Nº 12, la antigua Cooperativa Agrícola de Laharrague Limitada, representó el punto de referencia para escoger qué camino tomar, la ruta Provincial Nº 15 o la Nº 16. La primera fue la elegida. Comenzaba así un camino de tierra entoscada, en buenas condiciones, rodeado de verdes campos con miles de cabezas de ganados pastando, de uno y otro lado de la vía, algunos bajo cubiertas mayoritariamente de pinos o eucaliptos, y otros campos convertidos en inmensas sábanas verdes sin coberturas y con evidente deterioro de los arroyos. A lo largo de casi 50 kilómetros, surgieron en el camino los cuidadores de estos campos, habitantes de las viviendas de madera, construidas de acuerdo a las nuevas exigencias laborales y equipadas con radio comunicaciones. En cuanto a vehículos, apenas escasos camiones y camionetas 4x4, que levantaban un poco más de polvareda de la que ya había ese soleado martes.
Héctor Romero, coordinador operativo de los proyectos concretados entre la Escuela Agrotécnica Eldorado (EAE) y la Fundación Vida Silvestre (FVS) sobre comunidades indígenas, se convirtió en el guía. Piloto habituado a la sinuosidad del camino, que transita al menos una vez por semana, y sólo cuando la lluvia se vuelve persistente, demora su viaje hasta quince días. Como investigador y silencioso asistente de las comunidades, ayudó a incursionar por esos caminos empinados, llenos de piedras, que presentaban resistencias al vehículo para avanzar.

La primera comunidad
Era media mañana y ya el sol misionero golpeaba sin piedad, por lo que a esa hora muchos animales dejaban el pastoreo y se refugiaban en la sombra. Se extrañaría el climatizador del vehículo, cuando luego de casi 50 kilómetros, Fabián giraba a la izquierda luego de cruzar el Puente Isla, para hacer contacto con la primera comunidad mbya. Apenas bajar del vehículo, se abalanzaron los mbarigüies dispuestos a devorarse a sus nuevas presas.
El repelente sería el único olor extraño que contaminaría por algunos segundos ese ambiente aún puro donde la naturaleza en silencio lucha contra el avance muchas veces destructivo del hombre en su ambición por obtener más maderas o simplemente nuevos espacios para cultivar o criar ganado.
Luego de comprobar que los integrantes de la pequeña comunidad Isla integrada por sólo nueve familias ya se habían movilizado hacia el destino final, se reanudó la marcha. Comenzó el transitar de la última etapa y durante unos cinco kilómetros, a travéz de un campo privado, abriendo y volviendo a cerrar numerosas tranqueras.
Es la vía obligada, por ser el único pasaje, de entrada y salida, para quien desee incursionar hacia la comunidad Anta, también conocida como Kokué Poty, que en el vocablo guaraní significa flor de chacra. Sus propios integrantes, suelen desandar este trazado para buscar ayuda o recibir asistencia médica o alimentaria. No hay otra salida. El resto es puro monte que comparten cinco comunidades, un largo lote de 22 kilómetros por 700 metros de ancho. Es decir, las aldeas están emplazadas desde el departamento de Montecarlo y concluyen en San Pedro, con la comunidad Guabirá Poty, y en el medio, están las citadas poblaciones de Isla, Anta y otras dos comunidades más pequeñas.

En el Anta
Finalmente, al cerrar la última barrera que evita la fuga de ganados, comenzó a divisarse en los claros de la selva, una de las aldeas. El cacique de Kokué Poty o Anta, Raúl Morínigo abandonó por unos minutos su ceremonia de exhortación a los más pequeños para mantener las costumbres del pueblo guaraní y se acercó a dar la bienvenida, en castellano.
Pero no todos hablan con esa fluidez, pues en su mayoría se comunican en Yopará (Guaraní paraguayo) y algunos como el caso del Opy Guá, el guía espiritual, José Martínez, únicamente hablan el mbya, un lenguaje cerrado, primitivo y privado para la relación interna. La mayoría de los adultos y, en especial, los varones se comunican en castellano y los niños de esta comunidad son preparados por el maestro auxiliar Fredi Alexander Fernández en reforzar el idioma mbya, junto al castellano y portugués, ambas lenguas destinadas a establecer relaciones interculturales. El docente guaraní considera que resulta inevitable la llegada de la tecnología en la selva como el teléfono celular y es oportuno para tomar contacto en el momento de requerir ayuda para asistencia médica o eventualmente de alimentos. En lo que sí se mostró firme el educador es en transmitir la esencia del pueblo guaraní para preservar sus costumbres, creencias, ritos y cultos.

El Cacique enseñando
Con la autorización del Cacique Morínigo y la atenta mirada del Opy Guá, se pudo escuchar y presenciar las enseñanzas impartidas, para mantener las antiguas costumbres de la confección de canastos, pulseras, cruces, realizados con fibras vegetales como tacuara, tacuaruzú, tacuapí y güembé. Hombres, niños y mujeres de las dos comunidades presentes, de Kokué Poty y la comunidad Isla, escuchaban en forma atenta las enseñanzas del Cacique Morínigo y ponían manos a la obra en el trabajo de cestería.
“Hay que tratar de comenzar y terminar en el mismo día”, les decía la máxima autoridad de la comunidad. Los más pequeños, con diminutos cuchillos tallaban la madera y comenzaban a tomar forma las imitaciones de figuras como tucán, yacaré y tatú mulita. Representaba parte de una resistencia pacífica, ante la invasión con sus costumbres de los pueblos mayoritarios. Es que el avance de la deforestación obligó a estos pueblos a modificar sus hábitos culturales y en un intento por tratar de mantener estas costumbres y al considerarlos verdaderos guardianes de la selva, aparte de la ayuda que le brinda el Estado provincial en asistencia alimentaria y control de salud, organizaciones como el Equipo Nacional de Pastoral Social (Endepa) y miembros del Equipo Misiones de Pastoral Aborigen (Emipa), la Fundación Vida Silvestre Argentina y la Universidad Nacional de Misiones, llevan a cabo programas de asesoramiento además de incentivar el conocimiento y el uso sustentable de los recursos naturales. Cada vez menos
Estas dos últimas organizaciones señaladas, sostienen que la población mbya guaraní de Misiones “está sufriendo una disminución idéntica a la superficie del Bosque Atlántico del Alto Paraná. Hoy sólo se conserva el 7,4% de la selva y sobrevive el 7, 4% de la población original”. En general las comunidades aborígenes son pequeñas. Basta remitirnos al reciente relevamiento efectuado por la ingeniera forestal, Rafaela Morales, en cuatro comunidades para tener los números exactos. En Guavira Poty hay 24 familias asentadas, Caramelito, emplazado en la Reserva de Biósfera Yabotí se halla ubicado en los departamentos San Pedro y Guaraní y es una de las comunidades que se mantiene más alejada de los grupos mayoritarios. Allí residen en total siete familias. En arroyo Isla, comunidad del mismo nombre, es ocupada por nueve familias y también en inmediaciones al arroyo Anta, en este caso se detectó un total de 61 pobladores, sin hacer identificación por familia.
A la tarde, junto a los investigadores de la Unam, el equipo traspuso el arroyo Anta, mediante una balsa hecha sobre tambores y maderas, tiradas por dos cuerdas que se extienden a lo ancho del agua, que fue ideada por Fabián Romero. Ello permite a las familias movilizarse con mucha facilidad. Los niños aprovechando la calurosa jornada de la siesta, se zambullían felices en el arroyo Anta, nombre surgido de uno de los grandes animales de monte, conocidos también como Tapir, que solían pesar hasta 300 kilos, con patas y cola cortas y una altura de un metro.
En inmediaciones del arroyo Anta, donde estos animales bajaban a tomar agua, se pudo observar, los sembradíos de maíz, batata, zapallo, además de numerosas plantaciones de citrus, como naranjas, mandarinas y limón de distintas estaciones, extendidas entre las plantaciones anuales en varias hectáreas y hasta huertas comunitarias.
Representan los frutos de una iniciativa, implementada desde fines de diciembre de 2009 con el nombre de proyecto Tape Apo uno, seguido de Tape Apo dos.

Una choza y 30 palmeras
Los guías aborígenes, como Rubén Vera, explicaron de qué estaban hechas las chozas. “Esta se encuentra montada con cerco principal de loro negro y el resto, construidos en base a maderas extraídas de unas 30 palmeras, cuyos techos debían ser reparados al menos cada cuatro meses”, nos explicó. Esas casas se mantenían frescas en su interior, pese a los 35 grados. Allí caben hasta ocho personas, “se puede hacer fuego adentro, resiste tormenta, viento, granizos. Enseñamos a nuestros hijos a construir este tipo de chozas”, dijo Vera. En la zona de reservas, las comunidades como Caramelito, Tacuruzú, Pindó Poty, Yaboty Miní, entre otras mantienen sus chozas y costumbres en pie.
Más tarde, al recorrer los senderos harían probar al equipo algunos frutos nativos como el guabirá, que es un árbol grande que produce una suerte de uvas amarillas de pulpa agradable y aromática.
También tiene carácter medicinal, como para frenar los catarros de los niños o para normalizar descompensaciones intestinales. “Esto es lo bueno del monte, tiene todo lo que necesitamos”, resumió Vera.

La añoranza de “vivir como antes”
Las comunidades más sanas, las consideradas como vitales, donde no suelen existir flagelos como la mortalidad infantil o los altos niveles de desnutrición entre los más pequeños, que sí existen en otras comunidades, son aquellas “menos contaminadas” por la población mayoritaria y emplazadas en los montes, como en las reservas de la Biósfera Yaboty, según concluye María Josefa “Kike” Ramírez, quien se desempeña por estos días como coordinadora en el Noreste Argentino del Equipo Nacional de Pastoral Social (Endepa) y también es miembro del Equipo Misiones de Pastoral Aborigen (Emipa).
Esta es una de las razones por las cuales muchas de las comunidades guaraníes están volviendo a internarse en el espeso monte misionero, o lo que queda de él, “para vivir como antes”, bajo las costumbres ancestrales de la comunidad que supo cuidar de estas tierras durante siglos. Los referentes de la comunidad Guaraní, y responsables del co-manejo del Consejo, Gerónimo Duarte y Hugo Brítes, compartieron la visión citada al sostener que las comunidades asentadas en inmediaciones a los pueblos y ciudades, están perdiendo el sentido de “comunidad” y se tornan muy “individualistas”.
Esto hace que muchos aborígenes caigan en diversos vicios, entre los que se destaca mayormente el alcoholismo.
Indicaron que las comunidades que están en las reservas son las que aún mantienen, por ejemplo, el sentido de respeto a las autoridades de las comunidades.

Problema de tierras
La cuestión central es que no todos tienen tierras con extensión apta para ser auto-suficientes en su alimentación diaria, algunas pocas comunidades pueden vivir del monte y de sus cultivos.
Ello ocurre especialmente a partir de haberse impuesto un sistema de frenos a la continua extracción de madera, con lo cual no sólo se evita la pérdida del hábitat de las comunidades, sino además muchos montes volvieron a recuperar el silencio sagrado al callarse las ruidosas máquinas, motosierras y camiones, que espantan a los animales de monte.

En estado de alerta
Por lo expresado por “Kike” Ramírez, “el pueblo Guaraní está en estado de alerta y riesgo. Deberíamos todos y en especial los gobiernos, aplicar todas las herramientas legales para evitar la pérdida de sus territorios, que es lo que le garantizan la permanencia”.
Insiste que “eso está en riesgo, ante el debilitamiento de sus recursos”.
Al sentirse disminuidos, recurren por ayuda, de lo contrario no lo hacen, asevera la referente pastoral que trabaja con las comunidades. “Muchas veces sólo entramos en el monte para las defensas de sus derechos; aunque no necesitan ayuda del Estado en cuanto a la asistencia alimentaria. No son de esas comunidades que están detrás de los ticket o los médicos”, añadió. Además, tanto Duarte como Brítes, sostienen que uno de los déficit que observan y consideran debe revertirse es una combinación de atención de salud entre la medicina natural y tradicional, junto con los avances de los laboratorios y la ciencia de los blancos.

Lo que se hace
En un reciente evento desarrollado en Buenos Aires, el programa Salud Indígena Misionero dependiente de la Dirección de Programas Comunitarios de Atención Primaria, fue destacado por la labor que lleva adelante con las comunidades aborígenes.
Fue en el Encuentro Nacional de Salud Indígena en el Marco del Programa Nacional de Médicos Comunitarios Primer Nivel de Atención. Allí Misiones presentó la Experiencia del Promotor Facilitador Indígena en el Parque de la Salud, quien se encarga de la asistencia y contención de los pacientes indígenas que son hospitalizados o que concurren para estudios o consulta con especialistas.
Además se expuso un video informativo sobre el rol del Promotor Facilitador indígena, que implicó un cambio importante y positivo para los guaraníes que, por cuestiones de salud, tienen que trasladarse a un lugar tan diferente como la ciudad capital de la provincia. A su vez, quedó planteado que Misiones, a través del citado programa del Ministerio de Salud Pública, es pionera a nivel nacional en poner en práctica esa figura.

Emergencia territorial
La Ley nacional Nº 26.160, de emergencia en materia de posesión y propiedad de las tierras que tradicionalmente ocupan las comunidades indígenas originarias del país, fue sancionada y promulgada en noviembre de 2006 (Ver: Sin títulos para las tierras).
Pero por su incumplimiento en la mayoría de las provincias, fue prorrogada por la ley Nº 26.554 hasta noviembre de 2013. Hasta ese plazo, se extiende la orden de suspensión de la ejecución de sentencias, actos procesales o administrativos, cuyo objeto sea el desalojo o desocupación de los territorios indígenas.
Además, la Ley ordena al Instituto Nacional de Asuntos Indígenas (Inai) cumplir con el relevamiento técnico-jurídico-catastral de la situación dominial de las tierras ocupadas por las comunidades indígenas de todo el país.
En la citada norma nacional se determina en el cuarto artículo crear “un Fondo Especial para la asistencia de las comunidades indígenas, por un monto de 30.000.000 de pesos, que se asignarán en tres ejercicios presupuestarios consecutivos de 10.000.000 de pesos”.
Ese fondo podrá ser destinado a afrontar los gastos que demanden: el relevamiento técnico -jurídico- catastral de las tierras que en forma tradicional, actual y pública ocupan las comunidades indígenas; las labores profesionales en causas judiciales y extrajudiciales; los programas de regularización dominial. Se agrega en el quinto apartado que el “el Fondo creado por el artículo 4º, será asignado al Inai”.
El Inai es un organismo descentralizado, creado por la Ley Nº 23.302, en septiembre de 1985 como entidad descentralizada con participación indígena, y reglamentado por el Decreto N° 155 en febrero de 1989. Su principal propósito es el de asegurar el ejercicio de la plena ciudadanía a los integrantes de los pueblos indígenas, garantizando el cumplimiento de los derechos consagrados constitucionalmente. Tal como se destaca en la Carta Magna nacional en su Artículo 75, Inciso 17: “reconocer la preexistencia étnica y cultural de los pueblos indígenas argentinos. Garantizar el respeto a su identidad y el derecho a una educación bilingüe e intercultural; reconocer la personería jurídica de sus comunidades... ”. Ese reconocimiento gubernamental es un proceso en marcha.

Sin títulos para las tierras
Cerca del 80 por ciento de las comunidades mbya guaraní de Misiones no posee los títulos de propiedad de las tierras que habitan, según un estudio realizado por Emipa.
El relevamiento en cuestión, titulado “Tierras. Situación dominial de 99 comunidades Guaraní en Misiones. Octubre 2010”, evidencia que apenas el 23,3 por ciento de las comunidades originarias de esta jurisdicción cuenta con los títulos de propiedad de los territorios que habitan.
Tal situación adversa poco ha cambiado a la fecha, de acuerdo a los estudiosos de la problemática.

Guaraní-Retá, el relevamiento en tres países 
Mediante un trabajo que demandó varios años, por primera vez en la historia se logró concretar un mapa transfronterizo de las Comunidades Guaraníes, en el lugar exacto donde viven en la actualidad.
Ello tomó en consideración a una amplia región que abarca a territorios de la Argentina, Paraguay y Brasil, que están próximos a los ríos Paraná, Paraguay y Uruguay.
Una de las características del informe es que en su contenido no se marcan los límites políticos entre los países, ya que estos surgieron con posterioridad al Pueblo Guaraní.
Aunque sí se señalan los datos geográficos relevantes, tales como los ríos, la selva paranaense y las localizaciones de las distintas comunidades relevadas por los estudiantes y docentes universitarios.
En total fueron registradas 510 comunidades, donde detectaron la cantidad exacta de 98.196 pobladores.
El trabajo estuvo a cargo en Misiones de la Universidad Nacional de Misiones (Unam) y del Equipo Misiones de Pastoral Aborigen (Emipa) en colaboración con las Universidades de Mato Grosso en el sur del Brasil y del Paraguay.

Diversidad
Los pueblos Guaraníes que hoy viven en esta región son, según dicho relevamiento, los Mbya (nombre en los tres países); los Pai-Tavytera (en Paraguay), conocidos como Kaiowá (en Brasil); los Avá Guaraní (en Argentina y Paraguay), llamados Ñandeva (en Brasil, cuyo significado es “lo que somos nosotros”).
A los anteriores se suman los Aché, antes conocido como Guayaki (etnia radicada únicamente en Paraguay).
Los tamaños de las comunidades son diversos, desde cien integrantes, como la mayoría de las aldeas de Misiones, a 200, 500, dos mil habitantes o más.
En el 2008 la provincia de Misiones contaba con una población que oscilaba entre 6.500 y 7.500 habitantes guaraníes distribuidos en 94 comunidades.

Uno de los proyectos
La pérdida de la selva implicó la modificación de sus hábitos culturales y alimenticios.
Además, la inaccesibilidad a alimentos tradicionales y la falta de conocimiento de las propiedades de los alimentos no tradicionales generó deficiencias alimenticias llevando a una desnutrición crónica que, en algunos casos, significó la muerte de niños.
A raíz de ello, los mbya guaraníes se encuentran en un acelerado proceso de pérdida de identidad, espiritualidad, costumbres y, particularmente, el conocimiento empírico de los secretos de la selva que los ha caracterizado.
Ante esta situación, y en un marco de diálogo y respeto intercultural, la Fundación Vida Silvestre Argentina y la Unam, en conjunto con la ONG “Cives Mundi” y con el apoyo financiero de la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo (Aecid), implementaron desde 2009 el proyecto Tatachina.
Dicha iniciativa buscaba concretar estrategias para mejorar la seguridad alimentaria, acordes a los patrones culturales en cinco comunidades, y de esa forma garantizar una dieta equilibrada y suficiente, reduciendo la dependencia de ayudas alimenticias externas (programas sociales del gobierno, por ejemplo).
Las cinco comunidades participantes son: Guabirá Poty; Aldea Isla; Pyá Guachu; Alecrín y Caramelito, todas ellas ubicadas en la cuenca del arroyo Piray Guazú en los departamentos de Eldorado, San Pedro, Guaraní y Montecarlo.
La población beneficiaria es de unas 87 familias (350 mujeres y hombres), dedicadas, en su mayoría, a la venta de artesanías y plantas ornamentales nativas (en especial orquídeas), a la agricultura de subsistencia, a “changas rurales” o empleos transitorios en colonias aledañas. Y en menor medida, a la caza, pesca y recolección de productos vegetales silvestres.

Un modelo, tres países
Asimismo desde fines de diciembre de 2009 iniciaron el proyecto Tape Apo uno (y Tape Apo dos, actualmente en marcha) con los mismos socios que el proyecto anterior, pero con una visión trinacional, ya que participan, además de Vida Silvestre, la ONG “Alter-vida” de la República del Paraguay y el Centro de Trabajo Indigenista (CTI) de Brasil.
Ambos proyectos apuntan al fortalecimiento de la producción alimentaria local y tradicional, con la recuperación de especies típicas e incorporación de vegetales en estas cinco comunidades originarias de la región centro de Misiones, y en la promoción del manejo sustentable de los recursos naturales.
También apuntan a recuperar parte de los hábitos tradicionales de la cosmovisión Mbya Guaraní, que fueron la base de un desarrollo humano y medio ambiental sostenible.

Un largo proceso
Durante el proyecto se diseñaron e implementaron huertas comunitarias con cultivos tradicionales y no tradicionales, se promovió el intercambio de semillas y la difusión de técnicas de cultivo.
También se realizaron talleres de nutrición y manejo de alimentos no tradicionales en estas comunidades.
Mediante la perforación de pozos o la adecuación de vertientes, se busca la calidad y cantidad de agua necesaria para el auto-consumo y para el riego de los cultivos.

   
 Fuente original 

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